Fotografía de Óscar Úbeda, 30 de enero 2018 en San José- Costa Rica



El Señor le dijo:–He visto la opresión de mi pueblo en Egipto,
he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos.  Y he bajado a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel, el país de los cananeos,
hititas, amorreos, fereceos, heveos y jebuseos.Ex 3, 7-8 

El que deja su casa en busca de algo mejor, cubre su rostro, lo llena de lágrimas y camina viendo hacia el horizonte con la certeza que detrás de las montañas un nuevo sol nace y una nueva vida le espera.

Dejarlo todo por encontrarlo todo

Cuando Jesús comienza su ministerio evangelizador por los pueblos periféricos de su natal Nazaret (cf. Mc 1, 9-13) comienza con un envío por parte del Espíritu al mismísimo desierto, lugar de encuentro, de purificación, de vida y reconocimiento de la propia vida y al mismo tiempo reconocimiento de los designios de Dios. Al igual que Jesús, que es tentado en el desierto, el migrante que deja su estabilidad emocional al lado de quienes ama, debe romper con el pecado de la propiedad familiar, salir de sí para ir en busca de algo mejor en función del otro y del yo que desde los adentro grita por estabilidad y vida.

Salir de casa siendo niño, adolescente, joven o adulto es un dolor que abarca todas las dimensiones de la persona. Salir de casa es un reto que necesita asimilarse desde una postura que genere en la persona no solo certeza en las dudas, esperanza en los miedos, sino fuerza en cada paso que se da con fe.

Ser “pobre” en tierra extranjera.

El pobre que deja su tierra que ha sido devastada por la “degradación ambiental” (Laudato Si’, 25), o por persecución política, por ataques de pandillas, la guerra o porque, ya la inestabilidad económica no permite vivir con dignidad, siente que su vida se divide en dos mitades, en dos patrias (la que nace y la que lo adopta), construye una nación que no le pertenece, justo desde la primera compra en nuevas tierras. El pobre es, a su vez, un peligro para muchos y una bendición para otros tantos. El pobre seguirá siendo visto como un peligro necesario, mal pagado, muchas veces mal alimentado, enfermo y carente de derechos porque él mismo llega a negárselos y a no asumirse como sujeto digno de ellos, olvida -con regularidad- que es “una persona humana que, en cuanto tal, posee derechos fundamentales inalienables que han de ser respetados por todos y en cualquier situación” (Caritas in veritatis, 62).

La esperanza: motor del migrante.

No conozco hasta este momento un migrante que en sus palabras no haya un resquicio de esperanza porque su país sea próspero o que al menos le brinde las seguridades necesarias para poder optar por retornar. Lucha con sus ahorros, sus envíos mensuales, por construir ese país que desea para sí y los suyos. No conozco migrante alguno que en las noches de diciembre sus ojos no se llenen de lágrimas cuando recordamos -de acuerdo a nuestros pueblos- las celebraciones, cantos, gorras y demás maneras creativas de celebrar a la patrona del país.

Los mirantes son movidos desde adentro por la esperanza. ese fuego que no solo quema los dolores, sino que los transforma en resiliencia, empatía, fuerza y dulzura en el rostro al saber que el sacrificio vale la pena y que un día, cuando Dios quiera y cuando sea el momento, volverá gozoso, con lagrimas en los ojos a dormir en la seguridad de su patria. Mientras tanto trabaja con paciencia, seguro que el día llegará y que solo la perseverancia le harán ver frutos de sus sueños.

Construir y deconstruir la vida.

El migrante mientras camina construye y deconstruye su realidad, su espiritualidad, su visión del mundo. Hay migrantes que sin viajar en avión han recorrido muchos o varios países en búsqueda de una tierra que los acuerpe, les de seguridades básicas, un trabajo con un salario estable -no bueno, pero estable-, comida, techo, y dinero suficiente para enviar a sus países.

Cuando llega a una cultura diferente comienza su proceso de deconstrucción del idioma, del pensamiento, de la cultura, asume elementos que le permitirán estabilidad. Puede ser que el hombre y la mujer que camina se detengan a definir que si pueden o no pueden o deben aprender, pero en ese proceso van con los ojos abiertos viendo la vida con sentido, dando vueltas a la desdicha de haber nacido pobres, mientras sueñan con tener estabilidad y desde las tres de la mañana su sueño, cada día, tiene sentido.

Ser Evangelio en el exilio.

Creer en Jesús, para una persona sencilla con una educación básica, implica aceptar el mensaje evangélico tal y como le ha sido transmitido. Con todas las catequesis intimistas, pietistas y lejanas del hombre que anduvo, trabajó, oró, lloró, sanó y amó a todo el que encontró en su camino. El hombre y la mujer migrante encuentran en él sentido a su existencia, razón de su esperanza, fuerza cotidiana para avanzar y visión para saber por donde andar.

El migrante siempre, o casi siempre, es admirado por muchos. Por sus valores, sus sueños, sus luchas silenciosas y su cultura que se pega así mismo como eso que no puede ser extraído, pero que está ahí, a la espera de una palabra, un gesto de compatriota para salir y exponer su experiencia al mundo. Es ahí donde también es Evangelio, buena nueva que llena de alegría su derredor, sus amigos, allegados, familiares.

El migrante es una persona que sueña.


Óscar Úbeda Úbeda
Migrante nicaragüense, residente en la diócesis de Limón, Costa Rica.
 Docente de Educación Religiosa.