El Encuentro Mundial de las Familias de Dublín será un escaparate privilegiado de la exhortación Amoris laetitia. Sin tocar una coma de la doctrina, el Papa ha revolucionado la pastoral familiar y, aún más, el estilo con el que la Iglesia se comunica con el mundo. La insistencia, a veces excesiva, en un catálogo de normas y prohibiciones vinculadas a la vida privada e íntima de las personas, había desdibujado el mensaje del Evangelio. Cierto que, muchas veces, lo que llegaba a la opinión pública no era tanto una imagen real de la Iglesia, como grotescas deformaciones de algunos discursos, pero lo cierto es que se había instalado en el imaginario colectivo una imagen moralista que no pudo resistir la confrontación con los escándalos de abusos sexuales que se han conocido en los últimos años. Un país que ha sufrido esta lacra en particular es Irlanda, donde la Iglesia ha pasado en unas décadas de una posición hegemónica en la sociedad, a ser una voz más entre otras, asistiendo al escarnio de ver aprobar en referéndum la despenalización del aborto y la equiparación al matrimonio de las uniones homosexuales.
Ninguna de esas decisiones hará a los irlandeses más libres ni felices; la deriva antifamiliar y antinatalista de las últimas décadas ha generado un terrible sufrimiento entre las personas, pero la respuesta católica no siempre ha estado a la altura del reto. Quizá hemos pensado que bastaba con presentar familias que respondieran a elevados ideales. Tal vez creímos ilusamente que generarían una atracción irresistible en los demás. O –lo que es peor– supusimos que, al consagrar como norma para los católicos modelos percibidos por la mentalidad dominante como inalcanzables (e incluso indeseables), nos servirían de muro de contención frente a un entorno cultural hostil, renunciando así a la misión. El Papa, sin embargo, nos ha obligado a despojarnos de nuestras caretas e hipocresías. No es nuestro virtuosismo lo que sostiene a nuestras familias, sino el amor del Señor que, como pecadores que somos, debemos mendigar como cualquiera, absteniéndonos en particular de mirar a los demás por encima del hombro, y procurando más bien consolar y ayudar a quien atraviesa situaciones difíciles, sea o no de los nuestros.
Alfa y Omega