Por Cristhian Alvarenga
Es imposible vivir el Evangelio sin identificarse con los excluidos, los estigmatizados, los desfigurados y los últimos de la historia, las víctimas. No se trata de una identificación basada en una ideología. Es consecuencia del encuentro personal con el Dios de Jesucristo que impulsa hacia compromisos históricos concretos para desmantelar las estructuras de muerte, estructuras que son visibles en nuestra comunidad. (Trabajo Infantil, Prostitución forzada a menores de edad, droga, Alcoholismo)
La identificación con los estigmatizados de la historia tiene sus consecuencias. La identificación con Cristo Pobre y Crucificado implicó para Francisco de Asís salir de su “burbuja” de joven acomodado y romper con el paradigma de la sociedad piramidal de su tiempo. Francisco se dejó llevar por el Espíritu hacia las periferias existenciales y geográficas. Algo parecido sucedió en Centroamérica durante las décadas finales del siglo XX; la identificación con los anonadados de la historia, llevó a Monseñor Romero a denunciar la idolatría del poder y del dinero, teniendo como consecuencia el martirio del episcopado.
El Papa Francisco que quiere una Iglesia pobre para los pobres, escribe en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium (EG) que el bien siempre tiende a comunicarse; afirmando, al mismo tiempo, que “toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás” (EG 6). Significa que cuando alguien dice que se ha encontrado con Jesucristo y no es sensible antes las necesidades de los demás, se equivoca o miente.En el contexto nicaragüense, tal afirmación lleva a cuestionar la raíz de la indiferencia ante las necesidades del prójimo.
Por eso, ver la realidad desde nuestra condición de discípulos misioneros implica no quedarse “ventaneando” la historia. Implica sin justificaciones de ningún tipo, hacer las mismas opciones que Dios hizo al ver el sufrimiento de su pueblo, “he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he escuchado su clamor a causa de sus capataces, pues estoy consciente de sus sufrimientos. Y he descendido para librarlos de la mano de los egipcios” (Ex 3, 7-8a).
Como personas de Iglesia, nuestras acciones tienen que ser palpables, concretas y desde la fe, apoyando de diferentes maneras a las personas que se ven vulnerables por el sistema, injusto e inhumano en el que vivimos.
Por pastoral se entiende el cuidado de los fieles cristianos por parte de sus pastores para encaminarlos a la plena salvación del Reino de Dios; por esto podemos hablar de diversos métodos pastorales. En primer lugar hay que señalar la importancia de la palabra, oral o escrita, para anunciar el evangelio del Señor.
Sin embargo el Papa Francisco ha añadido a estos métodos pastorales un camino pastoral nuevo: la pastoral de los gestos significativos y en concreto la pastoral del abrazo.
Desde comienzos de su pontificado Francisco ha realizado gestos muy significativos (no residir en los Palacios apostólicos vaticanos, vestir y viajar sencillamente, ir a Lampedusa…), pero sobre todo ha ido abrazando a niños y enfermos, a ancianos y a mendigos, a gente con diferentes capacidades físicas, a emigrantes africanos y asiáticos…
Y en su reciente viaje a América Latina ha abrazado, además, a hombres y mujeres privados de libertad y a todos los que se le han acercado para manifestarle su testimonio y sus peticiones. Son abrazos tiernos y fuertes a la vez, sin palabras, como los abrazos de Jesús a los niños de Palestina, o como el abrazo de padre de la parábola a su hijo que llegaba a casa destrozado y dolorido.
La Iglesia quiere manifestarse de este modo, como una madre cariñosa no como una institutriz regañona que con su dedo alzado amenaza a todos los que se han desviado del buen camino…Como dijo Juan XXIII en la inauguración del Concilio Vaticano II, en nuestro tiempo la Iglesia prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad.
 En nuestra diócesis Monseñor Bosco Vivas Robelo, en comunión con el Vicario de Cristo, ah querido que este año 2018 lo llamemos año de la pastoral del Cariño.
Esto nos invita a la cercanía, afecto, cariño, solidaridad, empatía, amor. El cariño es sin duda algo común en la familia y en la sociedad, pero cuando se realiza en el ámbito religioso expresa con gestos concretos el amor y benevolencia de Dios Padre a sus hijos e hijas, sea cual sea su situación física, cultural, social o moral.
En el mensaje del primero de enero Monseñor Bosco no se limita a hablar de los pobres o a optar por ellos, sino que se acerca a los pobres y los abraza, y lo vemos en acciones concretas como el Hogar Jacinta y Francisco, donde hay niños y niñas que reciben alimentación, educación y sobre todo el pan de vida, la palabra de Dios. No es simplemente una cercanía pastoral sino algo más profundo, que tiene un sentido profético de denuncia de un sistema que descarta y excluye, pero de cercanía de padre y pastor es pues la invitación a que en este año seamos cercanos con todos iniciando en nuestras familias, grupos parroquiales, movimientos laicales y sobre todo a los que no tienen quien les abrace, a los solos, a los marginados, a los descartados, a los heridos del camino.
la pastoral del cariño necesita complementarse con otras pastorales, e impulsar una pastoral de conjunto, ya que con seguridad es el camino pastoral más impactante, en muchos casos el más necesario y el único, la pastoral forma parte de la dimensión encarnadora de la salvación y de la gracia. Dios no accede a nosotros a través de una especie de fluidos etéreos e invisibles, sino a través de mediaciones sensibles, físicas, corporales, sacramentales. El abrazo y la cercanía pastoral es como un sacramento que expresa la dignidad de cada persona y el amor misericordioso del Padre, que se nos ha revelado en Jesús y que el Espíritu actualiza en la historia.
Y por esto no basta el abrazo litúrgico de la paz en la eucaristía, hay que salir a la calle y abrazar al pobre, al enfermo, a la mujer abandonada, al anciano desamparado, al privado de libertad. Como afirma el Papa Francisco, en el abrazo al pobre estamos abrazando la carne de Cristo.