¡Ay de vosotros, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que ofrecéis a Dios el diezmo de la menta, del anís y del comino, pero no os preocupáis de lo más importante de la ley, que es la justicia, la misericordia y la fe! Esto último es lo que deberíais hacer
(Mateo 23:23)

Corre por las calles del pueblo un rumor sobre un mito redentor y revolucionario, corre como liebre el mito de hacer justicia. El pueblo escucha atento, pero teme que su carne y su sangre paguen el precio por enfrentar al pecado estructural (aunque ya está pagando sin enfrentar), los monstruos de su corazón le comen sus sueños lúcidos y su miedo le arrebata la pasión. Sin embargo, el pueblo sabe que es menester que de sus manos llegue la creación de un nuevo mundo que se llame liberación.

El pueblo entonces se convierte en un nido de contradicciones, pues dentro de sí juegan el miedo y la justicia, pero el pueblo es fuerte y cuanto más grande se hace la justicia, más pequeño se hace el miedo, y así comienza a romper las cadenas que tenía dentro de su interior y se libera como fiera de los grilletes que alguna vez adornó con flores. El pueblo es sabio, el pueblo sabe qué es lo justo y sabe que lo justo es su liberación.

Hoy en día existe un pecado estructural, que nace como consecuencia del olvido del rostro del otro. Este pecado nos confunde, nos dice que lo justo es darle al magnate lo que alguna vez era de disfrute popular y que justicia es tolerar el sufrimiento de la opresión. En otras palabras, el pecado estructural nos dice que la justicia es la muerte de la misericordia y la entrega de la vida al dios del capital. Sin embargo, si entregamos la vida, nos condenamos a muerte, por eso, es deber de todo aquél que ama la vida, levantarse contra ese pecado estructural.

El pueblo y la juventud con sed de vida, si en verdad se comprometen, no callarán. Algún día despertarán del sueño que alguna vez pensaron que los arropaba, mirarán hacia abajo al miedo que se le habrá hecho pequeño y saldrán a reclamar el mundo que alguna vez les fue suyo y les será suyo. Justicia será sinónimo de compartir el pan y de mirar a los ojos al prójimo, sabiendo que el otro es auténticamente nuestro hermano. De las tumbas se levantarán los muertos del pasado y bailarán en los abismos de aquél lejano mundo que alguna vez los negó. Todo lo que alguna vez fue ceniza se convertirá en ave cantora de la esperanza. Se hará justicia redentora, del suelo de nuestros pies, ceniza de nuestro pasado, nacerá la flor viviente, la flor revolucionaria. Todo cambiará algún día, todo será diferente cuando sean más fuerte la acción de la voluntad que la voluntad de la acción.

Escrito por: José Pablo Segura Román