Es imposible vivir el Evangelio sin identificarse con los excluidos, los estigmatizados, los desfigurados y los últimos de la historia, las víctimas. No se trata de una identificación basada en una ideología. Es consecuencia del encuentro personal con el Dios de Jesucristo que impulsa hacia compromisos históricos concretos para desmantelar las estructuras de muerte.
La identificación con los estigmatizados de la historia tiene sus consecuencias. La identificación con Cristo Pobre y Crucificado implicó para Francisco de Asís salir de su “burbuja” de joven acomodado y romper con el paradigma de la sociedad piramidal de su tiempo. Francisco se dejó llevar por el Espíritu hacia las periferias existenciales y geográficas. Algo parecido sucedió en Centroamérica durante las décadas finales del siglo XX; la identificación con los anonadados de la historia, llevó a Monseñor Romero a denunciar la idolatría del poder y del dinero, teniendo como consecuencia el martirio cruento.
El Papa Francisco que quiere una Iglesia pobre para los pobres, escribe en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium (EG) que el bien siempre tiende a comunicarse; afirmando, al mismo tiempo, que “toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás” (EG 6). Significa que cuando alguien dice que se ha encontrado con Jesucristo y no es sensible antes las necesidades de los demás, se equivoca o miente. En el contexto guatemalteco, tal afirmación lleva a cuestionar la raíz de la indiferencia ante las necesidades del prójimo.
Por eso, ver la realidad desde nuestra condición de discípulos misioneros implica no quedarse “ventaneando” la historia. Implica sin justificaciones de ninguna tipo, hacer las mismas opciones que Dios hizo al ver el sufrimiento de su pueblo, “he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he escuchado su clamor a causa de sus capataces, pues estoy consciente de sus sufrimientos. Y he descendido para librarlos de la mano de los egipcios” (Ex 3, 7-8a).
En Guatemala, nosotros que decimos que es parte de nuestro ADN la praxis de los valores de la justicia, paz, e integridad de la creación no podemos quedarnos callados ante los hechos que violentan la dignidad de los pueblos, en especial la dignidad de los pueblos originarios que han sido marginados por un Estado racista que no vela por el bien común sino por los intereses de pequeños grupos (de poder) que utilizan todos los medios, entre los cuales está “Dios”, para seguir manteniendo un sistema que se ha mantenido a base de una represión sistemática y sangrienta.

Por tanto, nuestras luchas sociales históricas, como personas de Iglesia,  tienen que ser palpables, concretas y desde la fe, apoyando a los pueblos en resistencia por su dignidad. Y, a la par de nuestras luchas sociales, tenemos que desenmascarar al  “dios oligárquico, clericalista y legalista” que justifica el actual sistema excluyente. Es lo que hizo Jesús de Nazaret, el judío marginal que fue crucificado por los poderosos de este mundo, pero Dios lo resucitó.   

Escrito por:  Fray Celso Toc

Fraile Menor Franciscano Sirviendo en Guatemala