Cuando la Santa Sede hacía oficial que el Santo Padre Francisco firmó el documento de aprobación del milagro alcanzado por intercesión de Monseñor Romero, el Obispo mártir, para su pronta canonización, las reacciones no se hicieron esperar: medios de comunicación seculares y católicos hicieron eco de esta noticia que se vuelve importante para la Iglesia Centroamericana; en las redes sociales Romero se volvió el primer lugar, todo mundo mostraba su alegría, incluso sin conocer mucho acerca de él (no digo que sea malo, solo que no es sano dejar en el olvido que una gran parte del clero de El Salvador, incluso de la región, trataron de hacer olvidar el legado de San Romero de América, como le llamaban desde antes que la iglesia lo elevara a los altares). Ya lo escribía Monseñor Pedro Casaldaliga: “Pobre pastor glorioso, Abandonado por tus propios hermanos de báculo y de Mesa…”. Fueron los religiosos y religiosas los que se encargaron de que el legado de Monseñor se hiciera presente, ellas y ellos junto a miles de laicos nunca olvidaron que Romero fue “pastor con olor a oveja”.

Monseñor Romero, incluso muerto tuvo opositores a su pensamiento.

Sin duda, hay personas o sectores a quienes este anuncio no les agrada, es válido recordar cuando, desde el arzobispado de San Salvador, se pidió que se quitara todo lo que oliera a Monseñor Romero y se prohibió en su casa formativa que se hablara de él. Eso pasó, ahí está en la historia, no puede ser borrado. Hay que recordar también la explícita oposición del ya fallecido cardenal colombiano Alfonso López Trujillo, que fungió como titular del Consejo Pontificio de la Familia, quién, en Aparecida, ante Benedicto XVI, alertó del peligro que a su juicio representaba para la unidad de la Iglesia católica latinoamericana la canonización del mártir salvadoreño. Por ello no hace honor a la verdad decir que el proceso no estuvo bloqueado.

Precisamente por ese bloqueo es que la decisión del obispo de Roma es esperanzadora. Monseñor Romero está en el corazón del pueblo latinoamericano creyente y no creyente; su vida y legado han desbordado todas las fronteras confesionales, muestra de este ecumenismo es una estatua suya que descansa en el borde superior de una de las paredes de la abadía de Westminster, en Londres, junto a las de otros mártires del siglo XX, como Dietrich Bonhoeffer y Martin Luther King.

Vivió a cabalidad el Evangelio y fue fiel al Magisterio.

Con mucha alegría miles de católicos en el mundo recibimos la noticia de su pronta canonización, el mismo que la religiosidad popular salvadoreña y de gran parte del continente elevó a los altares desde hace muchos años: San Romero de América.

Hoy Dios hace justicia dentro de la Iglesia con la figura de este hombre, hijo de Dios, que cumplió a cabalidad seguir y vivir el Evangelio, pues ya lo dice San Juan: “Nadie tiene un amor mayor que éste: que uno dé su vida por sus amigos” (Jn15,13).

Romero cumplió con el magisterio de la Iglesia, la Exhortación Apostólica “Pastores gregis”, en el capítulo VII, reflexiona sobre el papel del obispo ante los retos del mundo de hoy. Y en los textos de este apartado encontramos profundas semejanzas con lo que Mons. Romero vivió y representó. En primer lugar, se nos presenta una situación social muy semejante a la que al obispo en cuestión le tocó vivir. …”la guerra de los poderosos contra los débiles ha abierto profundas divisiones entre ricos y pobres”. Y todo ello “en el seno de un sistema económico injusto, con disonancias estructurales muy fuertes”.

En estas situaciones, el documento papal menciona una serie de actitudes y compromisos que competen al obispo en general: Padre de los pobres, defensor de los derechos del hombre, afianzado en el radicalismo evangélico, capaz de desenmascarar las falsas antropologías y de discernir la verdad. Debe ser además “profeta de justicia” y asumir “la defensa de los débiles, haciéndose la voz de los que no tienen voz para hacer valer sus derechos”. Indudablemente no han sido muchos los obispos que respondan con claridad a este tipo de perfil en medio de esta situación tan generalizada en el mundo de “guerra” de los poderosos contra los débiles, pues siempre ha dominado la prudencia episcopal.

Mártir para nuestros días

El martirio de Mons. Romero se gestó en solidaridad con su pueblo. Podemos decir hoy que fueron los pobres, los sencillos y los humildes los que fueron evangelizando a Mons Romero, y no al contrario, alimentando su fuerza profética y dándole paz en una entrega generosa y cruenta de la vida que se veía cada vez más cercana.

Su solidaridad, su apertura y sensibilidad frente al dolor de su pueblo, su fe honda y su apasionado amor a Jesucristo, le preparaba para la entrega consciente de su vida. Aunque la cita sea extensa, merece la pena leer las propias palabras con las que Mons. Romero, en una entrevista, sintetizaba el sentido de su martirio, previsto y aceptado como lo previó y aceptó el Señor:

“He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decirle que como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección. Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño. Se lo digo sin ninguna jactancia, con la más grande humildad. Como pastor estoy obligado, por mandato divino, a dar la vida por quienes amo, que son todos los salvadoreños, aun por aquellos que vayan a asesinarme. Si llegaran a cumplirse las amenazas, desde ya ofrezco a Dios mi sangre por la redención y resurrección de El Salvador. El martirio es una gracia de Dios que no creo merecer. Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea semilla de libertad y la señal de que la esperanza será pronto una realidad. Mi muerte, si es aceptada por Dios, sea por la liberación de mi pueblo y como un testimonio de esperanza en el futuro. Puede Ud. decir, si llegan a matarme, que perdono y bendigo a quienes lo hagan. Ojalá así se convencieran de que perderán su tiempo. Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás”.

Romero es Mártir para nuestros días, pues seguimos viendo un mundo que sigue produciendo víctimas a una escala escandalosa, sin las tensiones de aquella época, pero con la misma frialdad. Las noticias nos presentan la muerte de los pobres y de los más débiles con mayor evidencia; y en nuestra reacción se unen con frecuencia el horror y la impotencia. Incluso a veces podemos refugiarnos en la indiferencia, en el no querer saber, en la defensa de nuestro propio hábitat; que no queremos que se infecte con las plagas que vienen de fuera.

En este contexto tan distinto el obispo salvadoreño sigue teniendo una enorme vigencia. Simplemente se dejó impactar por la realidad y se dedicó en primer lugar a consolar, a estar donde estaba el dolor, escuchar a las víctimas y a acercarse a ellas, a identificarse con sus sufrimientos y con sus esperanzas, a percibir cómo desde el dolor se testimoniaba un amor y una resistencia que iba más allá de toda esperanza humana; a redescubrir el Evangelio en el dolor de los pobres, a repetir que “el hombre es Dios… un pobre Dios crucificado como Tu”.

En un mundo donde el dolor de los débiles y las agresiones de los fuertes siguen marcando una tónica desesperante, Mons. Romero nos abre a la esperanza.

San Romero de América, pastor y mártir nuestro:

¡nadie hará callar tu última homilía!


Escrito por Cristhian Alvarenga López