El profeta tiene que ser molesto a la sociedad, cuando la sociedad no está con Dios.
(Homilía 14 de agosto de 1977, I-II p. 174).

La noticia de que Monseñor Romero sería canonizado nos llegó a todos como bomba en plaza pública. Los rumores ya andaban en el aire. La espera había sido larga y tediosa. Muchos sectores laicales dentro del movimiento cristiano lo pedían a gritos y no porque Monseñor Romero necesitará la canonización sino, porque a través de ella la Iglesia universalizar su figura, su testimonio, su entrega (martirio) por la defensa del oprimido y denuncia del opresor.

Los últimos meses han sido largos en preparaciones de simposios, encuentros litúrgicos y otras actividades en torno a la figura del santo salvadoreño. Han sido meses donde su figura, su rostro, sus caricaturas, peregrinaciones, vigilias, encuentros ecuménicos y todo aquello que sirva para que se conozca, se ha volcado en dos ámbitos: el económico y el religioso. En el ámbito económico se han visto favorecidos tanto la Iglesia promotora como la iglesia popular que ha visto en su figura un medio de subsistencia. Pero esto a mi personalmente no me preocupa, pasa con todos los santos, en todos los tiempos. Mi duda es, y ahora que ya es santo ¿Qué va a pasar?

Todos queríamos que se llegara este momento. Pero esto solo nos debe llevar a ver en Romero un modelo posible de cristianismo y denuncia social. De cristianismo y liturgia martirial. Que todos los días ses 24 de marzo, es decir, un morir por la causa del Reino. Un estar a la vanguardia de la defensa de los Derechos Humanos. Estar con los ojos abiertos a la lectura de los signos del tiempo. Un sentir vivo a Cristo en la persona del oprimido que grita por dignidad, por respeto, por trabajo digno, por derecho a la vida, a la libre expresión, a la libre manifestación de tu fe.

Monseñor Romero debe hacer que nuestro corazón cristianos no se anestesie con la inhumanidad de unos pocos y este abierto en todo tiempo a la gracia de Dios. Que no sólo compartamos sus imágenes como cadenas en las redes sociales, sino que hagamos cadenas de defensa de los derechos. Que el miedo del profeta Romero sea nuestro miedo. Que su lucha sea nuestra.

Monseñor Romero debe llevarnos a construir cada día una Iglesia abierta a las personas. Iglesia que responde a la vida y le dice a Jesús, con fuerza, un “sí” desinteresado, humilde. Que cada cristiano, cada creyente, cada seguidor del pensamiento de Romero, quiera:

ser la voz de los que no tienen voz para gritar contra tanto atropello contra los derechos humanos. Que se haga justicia, que no se queden tantos crímenes manchando a la patria, al ejército. Que se reconozca quiénes son los criminales y que se dé justa indemnización a las familias que quedan desamparadas (Homilía 28 de agosto de 1977, I-II p. 192).

Que a partir de la canonización, seamos cada día más humanos, más hermanos, mejores cristianos.

Escrito por: Oscar Úbeda