En relación con los pobres,
no se trata de jugar a ver quién tiene el primado en el intervenir,
sino que con humildad podamos reconocer que el Espíritu
suscita gestos que son un signo de la respuesta y de la cercanía de Dios.
 Cuando encontramos el modo de acercarnos a los pobres,
sabemos que el primado le corresponde a él,
que ha abierto nuestros ojos y nuestro corazón a la conversión.
Mensaje de la II Jornada Mundial de los Pobres, 7

El Papa Francisco ha impactado al mundo católico y secular desde el primer momento de su elección. Ha dejado de manifiesto en la Evangeliii Gaudium su itinerario de trabajo, su ruta de misión, su nombre no solo marca el inicio de una nueva época para la Iglesia sino que manifiesta el inicio de una nueva manera de ser santos: desde la misericordia de Dios.

Sus viajes apostólicos han manifestado un algo diferente del ser Iglesia, de Lampedusa trajo migrantes a vivir en el Vaticano, ha abierto sus brazos al caso del niño asesinado por culpa de un juez incapaz de abrir la posibilidad de ser atendido en el hospital de El Vaticano. Invitó a la Iglesia universal a meditar, vivir e impactar a la sociedad con el Jubileo Extraordinario de la Misericordia y así, poco a poco, va diciendo a la Iglesia donde está su lugar, desde donde se debe proyectar: desde los pobres, los últimos, los atribulados.

Desde esta óptica surge la Jornada Mundial de los Pobres que pretende poner a la Iglesia en camino a la misericordia práctica, él mismo ha sido testimonio de ello, este año ha abierto un hospital de campaña en la plaza de San Pedro para aquellos hombres y mujeres que viven en las calles de Roma. Se ha sentado a la mesa con los pobres, con los sufridos de la gran Roma Eterna.

En el mensaje de este año ha centrado su meditación en el Salmo 34, 7 que reza “este pobre gritó y el Señor lo escuchó”, es un Salmo evocador que abre el alma no solo a la acción misionera sino que pone a la Iglesia en total salida. El mensaje tiene la singularidad de girar en torno a la acción de Dios en la historia para responder al grito del desesperado, del que sufre, del que ha perdido la esperanza, en una idea central atinada a nuestras realidades, el Papa habla del grito de los hondureños que buscan una nueva tierra y de los nicaragüenses que grita en las plazas, desde las azoteas, desde los campanarios, desde las universidades, por la libertad, la esperanza, la paz de una nación raptada por el maligno.

Los tres verbos que Francisco desea que se mediten durante esta jornada son: gritar, responder, liberar. Tres acciones propias de los que han perdido la esperanza, de los que dentro de sí mismos habita la voz del Espíritu que actúa y lleva a los hombres y mujeres a ser poseedores de una nueva identidad, la identidad de los hijos de Dios.

El hombre y la mujer gritan en diversos momentos. El hombre grita en silencio cuando debe dejar su casa en busca de posibilidades mejores en otros países, en otras ciudades. Llora la mujer que debe prostituirse porque no ha logrado conseguir otras opciones para llevar el plato de comida, la ropa, zapatos, y educación a sus hijos. Llora la mujer en las camillas de los hospitales dando a luz, dando esperanza, trayendo al mundo nuevas buenas noticias, nuevas posibilidades de hacer Dios posible su actuar a través de las personas que aprenden a ser humanos en el encuentro con el otro. El grito es una realidad humana, es una experiencia del alma.

Al grito llega la respuesta. La respuesta es una acción o acciones concretas en favor de aquel que grita, del que llora, del que muere en las plazas producto de la bala pagada con sus impuestos, del que grita muriendo ahogado cruzando el río de la frontera mexicana, el que muere o es secuestrado por la policía en Centroamérica, del que es apresado por ser mula de carga de droga en las fronteras de Centroamérica. La respuesta no es solo el actuar del hombre en favor del hombre, sino la respuesta del Dios a través de las manos de los hombres que inspirados por el Espíritu se dejan mover y mueven la tierra para salir de un Egipto ficticio o real, para ser hombres y mujeres con la esperanza retornando en la mirada, en los gestos, en la risa del niño y del anciano.

La respuesta es la vida misma que ríe en favor del oprimido. Que le grita desde el corazón de Dios que es un amado del Padre. Que Jesús ha manifestado su gracia y ha resucitado en su felicidad. La respuesta que Francisco quiere de la Iglesia es un acto humano, real, sentido, elocuente y directo. Una respuesta que mira a lo profundo de los ojos del alma mediante la sonrisa del gestual de la persona que ayuda.

La liberación es lo que se busca. La liberación que surge con la Palabra viva y verdadera. Francisco quiere que la liberación sea a partir de la cercanía, lo concreto y tangible que puede hacer un cristiano por comenzar un “genuino itinerario de liberación” (II Jornada Mundial de los Pobres, 4), porque «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 187).

En esta Jornada Mundial estamos todos invitados al banquete, del banquete de la misericordia por los que viven sin gozar de ella. De los que mueren y de los que luchan diariamente por la vida. La oración es la primera acción, lo concreto lo segundo y la esperanza acompañada de la caridad del corazón le darán sentido al ser Iglesia.

Óscar Úbeda Úbeda
Docente Educación Religiosa