Julio Portocarrero Arancibia

1562. La decisión de retomar su viaje a la Ciudad de los Reyes alegra a Pedro de Cepeda y Ahumada. Tras una estancia obligatoria en Chamulpán ha recobrado la salud. La malaria ha desaparecido.

El día es perfecto. La embarcación está lista para zarpar y este pariente de Teresa de Jesús —que en España tiene fama de santidad— dirige una breve plegaria frente a la imagen de la Virgen María, que lo ha acompañado en esta travesía.

Es una bella inmaculada tallada en madera. Posiblemente de la escuela sevillana. No es grande. Su vara de alto es característica de las imágenes conquistadoras.

Su mirada dulce parece comprender los sentimientos del pariente de la que llaman santa. Sus facciones son similares a las imágenes más famosas y populares de Sevilla. Hay silencio. El sonido de las olas del mar son el descanso de cada avemaría. “Señora, protegedme en esta travesía”, rezará de Cepeda y Ahumada.

Sin embargo, la pasividad de esta mañana se transforma. Las olas se agitan por los vientos de una tormenta que de la nada se ha formado. ¿Qué pasa? Desconcierto total. Deben bajar pronto de la embarcación. No se puede estar en pie.

De Cepeda y Ahumada solo piensa en proteger la imagen que le regaló su pariente cuando le comunicó la idea de zarpar rumbo a la Ciudad de los Reyes, a miles de leguas de la madre patria, expuesto a los asaltos de piratas y a la fuerza devastadora de los huracanes.
Desiste de zarpar. Y no solo hoy. La misma historia se repite en las siguientes semanas. 

Hasta el punto de la desesperanza. Es entonces que este viejo español, de encarnada religiosidad, recuerda el tiempo que estuvo en Chamulpán, en donde los hijos de San Francisco le manifestaron su hospitalidad.

Recuerda también el día en que quiso mostrar a estos insignes defensores de la pureza de María, aquella bella imagen que llevaba consigo.

SE ENAMORAN DE LA IMAGEN

Desde que la vieron la amaron. “Al encontrarse ellos con la toda pura y limpia concepción representada en la imagen que venía de España () mostraron ellos un interés increíble”, explica, 451 años después de ese episodio, monseñor Rodrigo Urbina, rector de la Basílica Nuestra Señora de la Concepción de El Viejo, en Chinandega.

Según Urbina, los lugareños se enamoran de la imagen, la llaman “La Niña Blanca” y los frailes franciscanos la acogen con cariño. Sin embargo, no es intención del “viejo” dejar la imagen en Chamulpán. Él desea continuar con Ella para que lo acompañe como había sido el deseo de su pariente. Fue así como después de su recuperación decide zarpar nuevamente y lleva consigo a “La Niña Blanca”.

Pero no lo logra. En lo más íntimo de su alma comprende que atrás “ha dejado a un pueblo con el corazón roto, entristecido, porque se llevaba la imagen que se había robado el corazón de esta gente”, comenta Urbina, cuya reconstrucción histórica de la llegada de la imagen corresponde a una de las tres leyendas que existen.

SEMILLA DE DEVOCIÓN

De Cepeda y Ahumada deja la imagen en ese lugar que más tarde se llamará El Viejo. Sigue su trayecto a Perú. Y es así como en ese rincón caliente del occidente de Nicaragua, se siembra la semilla de lo que siglos después será la fiesta de la Purísima.

“No tiene razón de ser ni política, ni social, ni religiosa y ni poderosa —en cuanto a lo humano— que este hombre haya dejado la imagen aquí, tuvo que ser una intervención del Cielo, de parte de Dios”, asegura Urbina, para quien previo a la llegada de la imagen a Chamulpán, había una antesala de catequesis que permitió que los lugareños se enamoraran de Ella. No pudo existir ese enamoramiento si previamente no había una concienciación de catequesis realizada por los franciscanos.

AHORA ES LA PATRONA

Desde su trono, en la Villa de la Concepción de El Viejo, la Inmaculada parece no conocer los siglos. Descansa sobre un pedestal y una casita de plata, que el capitán Fran de Aguirre le hizo en 1679, luego de sobrevivir a un naugrafio en el Cabo Gracias a Dios.

Desde entonces comenzó a llamársele la Virgen del Trono. Este título hace referencia a un lugar estable en donde “vienen al encuentro de la Reina, sus hijos y sus súbditos para invocarla y amarla”, explica Urbina.

Hoy, El Viejo continúa siendo —como en 1562— un lugar de paso, en el que los nicaragüenses se encuentran con su patrona, como atraídos por la inscripción indeleble que está en la parte frontal de la Basílica: “De un polo a otro polo, venid gentes y ofreced honor y gloria a la Inmaculada Concepción, soberana, augusta Señora y Reina de Cielos y la Tierra”.