Julio Portocarrero Arancibia

Para el pueblo católico nicaragüense la celebración de la Purísima Concepción de María constituye la expresión más viva del amor filial que como iglesia particular le manifestamos a la Madre de nuestro Redentor. Tenerla y sentirla como Madre es una gracia que ha perdurado a lo largo de los siglos, en los que una historia de luces y sombras, persecuciones y resistencias, sueños y desencantos; ha testificado su compañía en nuestro peregrinaje en la fe. Esta experiencia que solo se puede entender desde una mirada creyente, nos ha llevado a sentirla nuestra, compañera de deseos y esfuerzos; y ejemplo de lucha por la justicia y la libertad.

Es por eso, que nuestro pueblo explota en generosidad cuando al unísono grita: «¡María de Nicaragua! ¡Nicaragua de María!». Sentirnos amados por Dios desde la mirada materna de María hace que el amor brote en nosotros y se exprese en un compromiso con las luchas sociales de nuestro tiempo, en el que pareciera que la injusticia y la violencia institucional provocada por los poderosos no tiene fin. De ahí, que este año no podemos cantar «dulces himnos» a la Purísima sin olvidar que sus imágenes han estado en las barricadas levantadas para salvaguardar la vida ante el ataque del «fiero dragón».

No podemos nombrarla «amorosa madre» sin dejar de pasar por el corazón los rostros sufrientes de las Madres de Abril, quienes al igual que Ella han visto martirizar a sus hijos por el poder político de los actuales caínes de la historia de Nicaragua. En el dolor de estas madres hemos de contemplar la mirada cercana y empática de la «Madre de Dios-Hijo [e] Hija de Dios-Padre», que contra toda desesperanza aguardó aquella justicia que Dios sabe hacer de un modo que nosotros no entendemos. Si celebramos a la Purísima con esta mirada y con la conciencia de no ser indiferentes a la matanza acontecida desde el 19 de abril de 2018, nuestro cariño hacia Ella se convertirá en aporte a la construcción de esa nueva Nicaragua ansiada por todos.

Es por eso, que a pesar del dolor y la desesperanza ocasionada por la crisis sociopolítica actual, hemos de rezar con más fervor el Novenario, pidiendo que «ya no ruja la voz del cañón» «ni se tiña con sangre de hermanos» el suelo que nos vio nacer como hijos, hermanos y humanos. También, hemos de celebrar la Gritería compartiendo lo mejor que cada uno lleva dentro: poniendo la otra mejilla (Mt. 5, 39), haciendo una fiesta por el hijo que estaba perdido y que fue encontrado (Lc. 15, 24), generando vida desde la generosidad -como la Viuda- (Lc. 21,3) y no permitiendo que el miedo nos paralice; antes bien, poniéndonos en camino como las mujeres (Mt. 28, 8-10) -a pesar de las amenazas- aquella mañana de Resurrección. En ese peregrinaje entre un altar y otro, encontraremos al Resucitado, «el fruto bendito» del vientre de la Inmaculada, quien es el que nos indica «qué es y dónde está la vida» (Benedicto XVI).

En ese unirnos a la Purísima que ansía para Nicaragua justicia y libertad, hemos también de defenderla de aquellos que quieren manipular su imagen tiñéndola con los colores que han escrito las páginas más oscuras de la historia de esta patria azul y blanco. María, ni es de derecha, ni es de izquierda. Ella es la Madre que acompaña con corazón materno el curso de la historia, en la que su Hijo se hace presente como Señor que quiere ser de esa «historia». ¡Hay esperanza para Nicaragua! Basta contemplar a la Inmaculada para comprender «que en medio de una historia manchada por el pecado» (Mons. Silvio José Báez), Dios hace nuevas todas las cosas, comenzando por la caída de los poderosos (Lc. 1,52).