“Las lágrimas de nuestro pueblo son las lágrimas de Dios. Él camina con nosotros en medio del dolor y se solidariza con nuestro sufrimiento (cf. Ex 33,1-16; 34:8-10; Dt 4, 1-7). En efecto, en la muerte, en las desapariciones de cualquier ser humano, en la detención, en la cárcel injusta, en el exilio forzado de la familia, en la manipulación de la conciencia sobre todo a través de algunos medios de comunicación y redes sociales promotores muchas veces de falsas noticias y en la división del pueblo, Dios mismo ha sido negado”.

Con estas palabras es que la Conferencia Episcopal de Nicaragua ha iniciado su mensaje para este periodo de Adviento, los obispos expresan así su dolor por la situación que se vive en la nación y se preguntan si un nuevo horizonte para una Nicaragua mejor es posible dado el aumento alarmante de los índices de violencia en el país y la manera agresiva cómo aún entre hermanos se esconde el deseo de venganza. En medio de este panorama, se lee en el texto, la Iglesia de Cristo permanece y espera en su Señor. La óptica de la fe es la que nos permite esperar contra toda esperanza (Rm 4, 18-21). Dios tiene la última palabra sobre la vida y la historia de los pueblos y por lo tanto de nuestra propia Patria.

Los obispos recuerdan en su mensaje que esta crisis social les permite a los nicaragüenses romper con el velo de la indiferencia para asumir la responsabilidad que les compete como hijos de esta Patria.  La búsqueda de soluciones pacíficas para la situación nicaragüense ha de pasar por una autentica conversión a Cristo. Porque como dice la Iglesia nicaragüense, esta es una hora decisiva para quienes profesamos la fe cristiana. Asimismo, los nicaragüenses están llamados a hacer ruptura con los egoísmos personales para ser a la manera del Maestro.

La Conferencia Episcopal Nicaragüense, recordó en su mensaje al  papa Pio XII cuando dijo al mundo que “nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra”. La paz es un don de Dios que hemos de pedirlo con insistencia y de rodillas, dicen los obispos, pero, a la vez, es una tarea que han de asumir valientemente. “Los nicaragüenses ya sufrimos en carne propia los embates de la lucha fratricida. Esto no nos hizo más humanos, al contrario, abrió heridas que aún no han sido curadas y que todavía supuran odio y violencia”, afirman.

Los obispos exhortan al pueblo a no dejarse seducir por soluciones inmediatistas, sino actuar cívicamente porque la nueva Nicaragua necesita de líderes no violentos que conquisten, de la mano de Dios, metas de libertad y justicia. “La no violencia activa rompe la lógica bélica en la que se ha enfrascado el mundo actual, donde las armas valen más que la persona humana”.

 Por último, los obispos recuerdan que el anhelo de una Nicaragua mejor debe buscar el bien común, la justicia y la paz. Por tanto, todo lo que haga y piense el pueblo, debe ser en beneficio de la persona humana, nunca en base a los intereses económicos y políticos, de unos pocos. Esta óptica, dicen, dará un vuelco a la situación y permitirá unir fuerzas para actuar como hijos de Nicaragua, donde todos participemos activamente en acciones comunes sin exclusión alguna.

Ante esta crisis, la Iglesia pide la conversión a todos, porque sólo asumiendo el modo de ser de Cristo, afirman, se tendrá una perspectiva justa que busque el perdón y la reconciliación entre hijos de una misma nación. Esta senda ha de ser abonada con las exigencias de la justicia y el camino que conduce a la verdad: justicia y verdad, representan los requisitos concretos para la reconciliación. El diálogo debe estar orientado a abrir nuevas perspectivas donde no las hay. Esto requiere coraje, audacia, respeto al otro y sobre, todo, mucho amor a la Patria.