Julio Portocarrero 


En los últimos días, la imagen que acompaña esta nota se ha viralizado en las redes sociales y ha suscitado diversos comentarios. Se trata de una alegoría del pasaje evangélico que se conoce como la oveja perdida (Mt. 18, 10-14). En el arte, se plasma el encuentro entre Jesús y una oveja multicolor que dice no haber estado perdida, sino aislada, porque le habían dicho que “no era bienvenida” en el rebaño. El gráfico también presenta a otras cinco ovejas que observan de lejos —y con matices diferentes en sus miradas— aquel encuentro. Jesús, extiende y coloca su mano encima del hombro de esta oveja y ambas miradas olvidan su entorno para centrarse en lo más importante: el encuentro, el diálogo, el contacto, la reconciliación.

Y sin entrar en detalles sobre las posibles identidades de esa oveja multicolor, yo quiero centrar mi comentario en aquello que es esencial en nuestro seguimiento a Jesús: el tomarnos en serio a cada una de las personas que tenemos ante nosotros todos los días de nuestra vida. Seguir a Jesús, implica reconocer en cada ser humano a un hijo (a) de Dios y a un hermano (a) nuestro (a) llamado a hacer realidad en su vida aquello para lo cual ha sido creado (a). Y en ese proceso de reconocimiento resultan inválidas las etiquetas, los prejuicios y toda expresión homofóbica que origine una clasificación farisaica entre buenos y malos, justos y pecadores, y blancos y negros. “Guárdense de menospreciar a alguno de estos pequeños” (Mt. 18, 19) dirá Jesús a sus seguidores (as).

Sin embargo, es lamentable que muchos laicos (as) y curas continúen en nuestra Iglesia con la espada desenvainada (asi decimos en Nicaragua), atribuyéndose funciones que ni el mismo Dios concibe en su omnisciencia. Y lo digo, porque me ha bastado leer varios comentarios —respecto a la diversidad sexual— de quien en las redes sociales se identifica como Padre Sam, tanto en su cuenta de Facebook como en Twitter. Su último comentario en relación con la imagen de la oveja multicolor, evidencia el filtro desde el cual lee y anuncia el evangelio: el binomio farisaico que antepone (1) el pecado al perdón, (2) la Ley al ser humano y (3) la condena a la absolución. El Padre Sam siempre hace referencia a “el pecador” y nunca a “mi hermano”. ¡Es lamentable! El sustantivo pecador no puede ser la definición nuestra cuando hay tanta hondura que nos habita. Pecadores (as) somos; ¡sí! pero ante todo hijos (as), hermanos (as) y humanos (as).

Uno de los seguidores del Padre Sam comentó lo siguiente: “la oveja debe quitarse el arcoiris y vestirse de penitente como las demás. [...] entonces [será] aceptada por el brazo dulce de la Iglesia”. Esto, me recuerda a un delegado de la Palabra que antes de orar por una persona le pedía que se confesara y que recibiera la comunión, porque Dios solo escucha “a un corazón puro y limpio”. De esto es lo que debemos arrepentirnos y convertirnos todos (as) en este tiempo cuaresmal que iniciamos con la imposición de las cenizas. ¿Ayuno? Sí, de relacionarnos con esas falsas imágenes de Dios. ¿Penitencia? Sí, reconciliarnos al modo de Jesús, lo cual implicará posicionarnos socialmente siempre del lado de las víctimas. ¿Limosnas? Sí, una sonrisa esperanzadora a tantos rostros heridos por la injusticia.

Todavía hay tiempo para salir al encuentro de tantas ovejas que no están perdidas como la del arte. Todavía es posible reconciliarnos con nosotros mismos, con Dios y con la creación más allá del color que cada uno (a) tenga. Todavía podemos soñar y crear juntos esa Iglesia que todos (as) queremos y en la que “haya un lugar para cada uno (a) con su cruz a cuesta” (papa Francisco). Todavía podemos reconocer que la diversidad sexual también está presente en nuestra Iglesia —¡muy presente!— y son miles los que ansían la apertura de pastorales LGBTI+ que ofrezcan caminos de integración que acerquen a aquello que Jesús llamó el “reino”. ¡Todavía hay tiempo! Demos el primer paso esta cuaresma.