Un 12 de marzo de 1977, sobre la carretera que comunica los municipios de Aguilares y el Paisnal al norte de El Salvador, dos hombres y un sacerdote jesuita llamado Rutilio Grande fueron ametrallados en una emboscada de los escuadrones de la muerte.

Las otras dos personas que murieron eran Manuel Solórzano, de 72 años, y Nelson Rutilio Lemus, de 16, quienes acompañaban al padre Grande a la celebración de una misa de la Novena a San José.
La muerte del padre Rutilio Grande, amigo cercano del Arzobispo de San Salvador, Óscar Arnulfo Romero, fue uno de los hechos que marcó aquella cruenta época de guerra que cobró la vida de miles de inocentes.

Además de marcar un momento duro del conflicto, selló la vida de Monseñor Romero de una forma inesperada, su amigo, su colega y compañero había muerto.

A raíz de esta dura pérdida, el Arzobispo de San Salvador incrementó su denuncia y condena a todos los atroces episodios que dejaron tanto la guerrilla como los miembros del ejército. Denuncias que tres años después le llevarían a ofrendar su vida mientras oficiaba una Eucaristía en San Salvador.

La vida del Padre Rutilio estuvo marcada por la entrega hacia los más necesitados y a la denuncia de las injusticias hacia los que no tenían nada qué ver con el conflicto armado. Actualmente, su legado traspasa fronteras iniciando ya su proceso de beatificación por martirio, cuya causa fue presentada al Vaticano en agosto de 2016.