Óscar Úbeda | Docente de Educación Religiosa



La Cuaresma siempre es un tiempo que pone a pensar. El pensamiento en este tiempo no solo se orienta hacía la experiencia antropológica del ser humano, sino que está arraigada en una necesidad de dar sentido al fin último de la persona. El miércoles de ceniza la liturgia se orienta a que el cristiano se reconozca creado y en camino al encuentro con el Creador en la experiencia de la muerte, pero también desde ya en el peregrinar cotidiano.

Haciendo un recorrido por el ritmo de mensajes del Papa Francisco para la Cuaresma, diremos que su pontificado se ha orientado a llevar a los cristianos a un encuentro consigo mismo, con el otro, con Dios y la creación. Así en el 2014 nos recordaba que la pobreza de Cristo es nuestra riqueza, porque a través de la encarnación se manifiesta a la humanidad “un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama”. El 2015 la carta del apóstol Santiago orientó el caminar cuaresmal con una expresión de fuerza, pero a la vez exponiendo cuál es el deseo del Papa, cuál el deseo de la Iglesia para sus hijos. Esa orientación del 2015 exponía que “cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente”, es decir, que el cristiano que con los ojos de la fe mira las acciones de la vida, descubre en cada momento la mano providente de Dios que está ahí siendo compañía, fuerza y sustento en las crisis, en la felicidad y en los diversos avatares de la vida. También ponía como todos los años como punto de partida el encuentro con el otro y que en ese otro Cristo se manifiesta y yo reconozco en él al mismo Señor encarnado y yo soy a la vez un “Cristo que pasa”.

El 2016 invitó Francisco a caminar a la luz de las obras de Misericordia con María como modelo de Iglesia, modelo de Madre y en la que la alianza toma un nuevo sentido, el sentido del amor oblativo que representa María en su Magníficat. El 2017 nos recordaba que la Palabra es un don, un regalo y que el otro también es un regalo. Los regalos se cuidan, se aprecian y nos recuerdan siempre al que lo ha dado, nos remiten a alguien, ese Alguien es Aquel mismo que encarnándose en la humanidad la ha salvado con su amor sin mirar su pecado sino su gran amor por ella. Nos ha justificado desde la encarnación hasta la Cruz.

El 2018 con un texto de Mateo nos decía Francisco que “al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría” (Mt 24, 12) y es que solo el amor, la fe y la esperanza pueden hacer posible una sociedad justa, misericordiosa y enfocada en la fraternidad, la comunionidad. La maldad es la espina que punza el corazón del hombre, pero, así como este domingo nos recordaba el Evangelio que de lo que está lleno el corazón habla la boca, así mismo la maldad es un acto profundamente egoísta de aquellos que buscándose a sí mismo no logran ser plenos y necesitan del mal para subsistir a su pecado.

El 2019 la creación toma el papel para decirnos que, en ella, “está aguardando la manifestación de los hijos de Dios” (Rom 8, 19), este año Francisco hace caminar a la Iglesia en la meditación de la creación y su papel con la revelación, con la redención del género humano. Recuerda así que la Pascua es el centro de la fe del cristianismo y que solo desde ahí se pueden vivir las demás experiencias vitales: el ser hijos y la conversión. El ser hijos de un Padre Todoamoroso, Todoafectuoso, que es capaz de estar siempre al encuentro de quienes ama. Nos recuerda Francisco que la fe solo puede ser manifestada en los hechos concretos hacía el interior del hombre a través del ayudo, oración y conversión y a la vez hacía afuera donde esos elementos harán brillar al hombre redimido por el Señor Jesús y que en la oración se descubre, en el ayudo se abstiene de sí mismo como centro del universo y en la conversión como el cambio radical de su óptica egolátrica a la óptima de Dios, es decir, vive una verdadera metanoia.