Óscar Úbeda | Docente de Educación Religiosa



Pues con el corazón creemos
para obtener la justificación
y con la boca hacemos profesión de nuestra fe
para alcanzar la salvación.

Romanos 10, 10


A los cristianos de la actualidad, la cuaresma sabe a tensión. Si, tensión entre el “yo” que lucha por guardarse todo para sí, y el “Tú” del hermano, del que lucha por lograr una vida más digna, justa. Muchos este año la Pascua pensarán que en lugar de dar esperanza trae desilusión. Desilusión de un año sin justicia de más de 300 muertos a manos de hombres y mujeres criminales, asesinados por quienes se supone deben proteger a los ciudadanos. Tristeza por más de 200 hermanos cristianos asesinados en Sri Lanka en la noche del gran acontecimiento. Pero escribo estas letras para decirte lector, que Cristo Jesús, reina y triunfa sobre la muerte.

El himno de Laudes para el Domingo de Resurrección dice bellamente:

La bella flor que en el sueloplantada se vio marchitaya torna, ya resucita,ya su olor inunda.

Este himno leerlo muchas veces me llena de paz y de fe. Paz porque sé que nuestros muertos no derramaron su sangre en vano, porque sé que en medio del dolor la flor de la esperanza esta viva, palpita en el corazón de las madres que como María vieron morir a sus hijos, o los contemplaron desfigurados, descompuestos en el ataúd, gimiendo y gritando en un valle de lágrimas, en un momento donde las certezas desaparecen pero las preguntas y las dudas surgen, pero que con el pasar de los días, poco a poco, fueron asimilando no solo ese viernes de dolores, sino que uniendo -sin querer y queriendo-, su vida con la de María, han aprendido a ver la luz en medio de las tinieblas. Porque de entre las tinieblas nace y surge Cristo victorioso, con el estandarte en su mano, como guerrero que ha ganado la batalla. Así nuestros hermanos se levantarán victoriosos el día en que nuestra Patria vuelva a ser República.

Igualmente, los hermanos que han muerto en Sri Lanka, hoy más que nunca nos dicen que aquella promesa de Jesús, de que “el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá” (Jn 11, 25) encuentra más que nunca razón de ser para los cristianos de oriente y occidente. Posiblemente no sabían que eran víctimas de un odio sin razón, pero ahora nos llenan de paz sabiendo que junto a Cristo Jesús han entrado al seno del Padre para gozar con los mártires y santos de la felicidad eterna.

La Pascua es el tiempo de la vida. Donde la luna con su fulgor, con su hermosura nos recuerda que Jesús es la luz que ilumina nuestras tinieblas, que da sentido a nuestros dolores, vida a nuestros sueños, y seguridad a nuestros miedos, porque “Jesús, resucitado y viviente, es la razón última de la comunidad de discípulos, la Iglesia, en su expansión transhistórica universal” (El pobre de Nazaret, Ignacio Larrañaga), y es también nuestra razón hoy, mañana y por siempre.

Con todo esto solo me queda concluir con esta novedad, con esta certeza de la que al igual que los discípulos de aquel tiempo no entendían, nosotros hoy también no entendemos que Jesús vive en cada uno de nuestros hermanos “pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía de resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 10), y nuestros muertos también vencerán el odio, la burla, el fracaso de sus sueños y la desesperación de quienes ya no les tienen físicamente.

Resucitó nuestro amado. Alegrémonos.