Con la salida del país de Monseñor Silvio José Báez, queda en el sabor del pueblo un modelo de obispo, de ciudadano y de intelectual que marcó la diferencia en el episcopado local, queda en la memoria un prelado  que promovió la unidad y la fraternidad con sus hermanos obispos, aunque se ha anunciado que estará fuera por un tiempo corto, esperamos así sea, en la memoria de cada Nicaragüense  queda la forma en que ha hecho de su ministerio pastoral un modelo de Iglesia que escucha, anuncia y sirve a los mas oprimidos mediante el trabajo que ha venido desarrollando en todas las comunidades que ha asistido como Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Managua.

Ha sido un pastor que ha sabido interpretar desde la teología y el evangelio el hondo malestar social que existe en Nicaragua y que desde abril del 2018 todo el pueblo en un clamor ha exigido que se respeten los Derechos Humanos.

Frente a los cambios que hay con esta decisión, en el corazón del pueblo cristiano anida un hondo anhelo de renovación de la Iglesia. Una renovación que conduzca a revitalizar la identidad la Iglesia, por la misión recibida de proclamar el Evangelio al mundo entero; y en fidelidad a esta misión nos mueva a abandonar las estructuras caducas de un sistema dictatorial que persigue y oprime al pueblo, lamentamos la pasividad de algunos obispos, que con sus acciones ya no favorecen la transmisión de la fe.

 «Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar».

La Iglesia está llamada a ser servidora del Reino de Dios, en la escucha comunitaria y corresponsable de la Palabra, en el servicio humilde a la vida de toda persona humana y en el anuncio gozoso de la fe a todos los hermanos y hermanas. Esto lo vivimos en el marco del discernimiento pastoral, indispensable para la misión de la Iglesia en la situación actual que vivimos.

 «Evangelizar es hacer presente en el mundo el Reino de Dios».

El apóstol Pedro fue invitado a abandonar la seguridad de la barca, y a aventurarse a caminar sobre aguas turbulentas. Solo es posible dar este paso desde una profunda experiencia de fe. «No resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad.

La Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias. Necesita confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Para continuar caminando en esta dirección necesitamos ser más radicalmente:

Una Iglesia que escucha a su Señor

 Una Iglesia Pueblo de Dios

Una Iglesia servidora y samaritana

Una Iglesia que, desde la conciencia de su fragilidad y de la actual pluralidad existente en Nicaragua, quiere colaborar activamente en la construcción de un país más humano y equitativo

Una Iglesia que quiere crecer en un ejercicio del liderazgo como servicio compartido

Una Iglesia que sale de sí misma para anunciar la alegría del Evangelio.

Estos son algunos de los retos pastorales a los que la jerarquía local se enfrenta en un contexto donde los laicos como ciudadanos están auditando el actuar de diversos actores sociales, políticos e inclusos eclesiales.