Después de 1949 que el Jesuita Padre Ignacio Pinedo conoció por primera vez la decadente celebración de Santo Domingo de Guzmán de Managua, y guardó aquel relato que le diera  don Nicolás Estrada, las fiestas fueron acrecentando su desorden e inmoralidad, a tal punto que en Mayo de 1961, por un decreto de la Curia Arzobispal quedaba suprimida la “traída” y “dejada” del Santito, quedando su fiesta a cargo solamente de la Iglesia de las Sierritas.

El Primero de Agosto de ese año un grupo de fanáticos, liderados por Lísimaco Chávez, relacionado con negocios de cantinas, mesas de juego y prostíbulos, se apoderaron de la imagen y organizaron la “traída” del Santo a la capital. Por orden del Arzobispo fueron cerradas las puertas de la iglesia de Managua y excomulgados aquellos secuestradores. Pero ello no impidió que la muchedumbre forjase las puertas y ventanas del Templo e introdujesen a la fuerza la imagen del Santo.

La autoridad eclesiástica tuvo que ceder a consentir las festividades de forma acostumbrada por el bien y la paz.

En 1963 se trajo fuera de tiempo la imagen de Santo Domingo a la Catedral de Managua para realizar las fiestas de otra forma, el pueblo no vio a bien  esto, y los mismos fanáticos de la primera vez volvieron a secuestrar la imagen y organizaron “a su manera” la traída y dejada del santo.

Las relaciones entre la Iglesia y los devotos  se enfriaron al máximo, tanto que se llegó a levantar en Las Sierras una ermita cismática para rendirle culto al santito sin ninguna orientación eclesial.

En 1964, el Párroco de Santo Domingo de Managua es encargado por el Obispo de ocuparse del Santuario de las Sierritas, iniciando una era de dignificación de las fiestas agostinas de Santo Domingo, que ha llegado sin interrupción hasta nuestros días.
Un día del año 1968, 18 años después del relato de don Nicolás Estrada, llegó a la portería de la residencia de Santo Domingo de Managua un vigoroso anciano que había seguido con dolor la trayectoria decadente de las fiestas del Santito de las Sierras.  Aquel anciano no era uno de tantos, era tal vez  “el único” testigo directo que quedaba de las historia de Santo Dominguito, porque era testigo presencial de los hechos.

Don Nicolás Estrada era testigo indirecto, relator de una tradición que venía a través de las generaciones.

Hablamos de Don Julián García, que había sido coronel de guerra, y a sus 94 años se presentó a buscar al Padre Ignacio Pinedo, Jesuita, diciéndole: “Hace años que deseaba hablar con usted, padresito, he seguido emocionado su lucha tenaz por la gloria verdadera de nuestro santito de la Sierra. Y le he pedido constantemente a él que le ayudara en su campaña de dignificación de las fiestas. Y veo con inmensa alegría que el Santo ha escuchado mi oración. Yo soy Julián García Lara, coronel del ejército de Nicaragua. Yo dirigí la batalla de León contra el general Mena en el año 1912. La dirigí y la perdí. Y con ella perdí todos mis bienes que eran las tierras al norte de la ermita de Santo Domingo en las Sierritas. Yo era niño de 10 años cuando inició todo. La casa de mis padres estaba a menos de cien varas de donde vivía Vicente Aburto que halló la imagen del Santo. Vi levantarse la primer capilla de paja. En mi casa se hospedaban los padres que llegaban a decir misa. Yo ayudaba en las misas. Yo puedo mostrar el punto exacto donde se encontró la imagen. Recuerdo la fisionomía , nombres y apellidos de los protagonistas….” Entonces entregó un escrito de su puño y letra al Padre Ignacio, un relato definitivo, del cual nadie ha podido presentar prueba de lo contrario.

RELATO DE DON JULIÁN GARCÍA LARA (Conserva la grafía del autor)

Managua 6 de agosto de 1968


“Yo Julián García Lara; mayor de 94 años de edad; viudo. Puro Managua, hijo legitimo de Inocente García y Paula Lara; ambos cónyuges nicaragüenses; vivieron toda su vida en una finca rústica, a la par del terreno y templo de Santo Domingo; tuvieron más de cincuenta años en dicha finca donde criaron a toda su familia y bienes, y en ese lugar, vecino de la finca vivía un señor con su esposa con nombres de él se llamó Vicente Aburto y la señora de nombre Cirila García de edad más de cuarenta años; yo no les conocí nada de familia; él era un poco sordo.  Usted le preguntaba una cosa y él le contestaba otra, su profesión era aser carbón para bender; un día de 1885 se fue con su calabaso con agua  su hacha y su machete cuando caminó como mil quinientas varas miró hacia el norte y vió un número bastante de palos de toda clase, se fue y le gustó uno que tenía nombre madero negro, que es propio para carbón; cuando ya dispuso cortarlo puso el machete y el calabaso y luego tomó el hacha pero a poco que principió, sintió que el hacha había tropesado con algo extraño. Entonses siguió sacando cospepequeño; y al momento vió que ya podía meter la mano la parte. A mediación del palo tocó un objeto, entonces lo sacó. Lo primero que vió fue la herida que tenia a un lado del rostro que hiso el hacha; lo tomó y no supo que era ni quién era. Por la tarde que se fue del trabajo a la casa de su esposa, lo agarró y lo puso en una repisa; al día siguiente se vuelve a seguir el trabajo; cuando llegó lo primero que ve al muñeco ensima del tronco del palo donde lo halló. Se dice el solo: si ayer me lo llevé. Se puso a trabajar por la tarde se lo volvió a llevar. Al tercer día se vuelve a su mismo trabajo; cuando llega y halla en el mismo tronco. Entonces dispuso irse temprano del trbaajo y se fue a Managua y buscó al Cura y cuando lo encontró le contó lo que había hecho. Entonces le aconsejó este; le dijo: este es Santo Domingo de Guzmán; le dijo: vele el rosario, ahora yo te voy a ordenar: lo vas a poner en el mismo tronco, aces un poco de chicha y cuando ya estés listo buscas unas latas viejas; y en seguida les avisas al pueblo para que se lo lleven cantando y con el ruido de las latas. Vamos a ver así se queda en la repisa. Así lo hizo, y ya no se fue. Después se juntó el pueblo y le hisieron casita pequeña. En seguida siendo mi padre mayordomo invitó al pueblo y ya reunidos en número suficiente nombraron otra junta formal; cuando el terremoto que hubo en 1931 quedó todo malo. En ese tiempo yo y mi familia lo tuvimos en la casa; esto que escribo es auténtico y no hay otro que le de estos datos. Cuando había misa, mi mamá se iba a caballo a pedir limosna para que hubiera misa. Ella levantó la devoción del mes de María y el mes del Sagrado Corazón de Jesús. Yo fui el segundo mayordomo.”

Hasta aquí el relato de Don Julián.

El Padre Pinedo fue con él a las Sierras, y Don Julián empezó a describir todo: “Donde se levanta la Iglesia vivía Vicente con su mujer Cirila, pero la imagen no se encontró ahí, y los guió a varios metros de distancia hacia el bosque, donde hoy se levanta la Capillita de la aparición, ahí, según él estaba el madero donde apareció Santo Dominguito, el mismo lugar al que Vicente lo había llevado muchas veces siendo él aún un niño de 10 años.



*Tomado del Libro: Religiosidad Popular: su problemática y su anécdota. Del Padre Ignacio F. Pinedo S.J