Juan se encuentra en la cárcel porque proclama la verdad y no endulza palabras. Juan es el precursor que prepara los caminos del Señor y anuncia a un mesías justiciero, un mesías justo, por eso dirá: “Cortará de raíz el árbol que no produce frutos y será echado al fuego”.

Sin embargo anuncia las obras de Cristo y las obras de Cristo son Misericordia, Juan en la cárcel manda a preguntar a Jesús por medio de sus discípulos: “Eres tú el que tendrá que venir o ¿hemos de esperar a otro?”, Jesús no responde claramente como Juan esperaría: “Los ciegos ven, los muertos resucitan, los sordos oyen”… Juan tiene que discernir ante esta respuesta, aquel que quiere conocer la verdad discierne, y San Ignacio de Loyola llama a esto la lucidez, ser lúcido es tener la claridad de la mirada no sólo externa sino interior, la claridad no sólo con uno mismo sino con la realidad que se vive, la claridad de no querer tapar el sol con un dedo como diría el buen nicaragüense. La claridad para tener evidente el fondo de la raíz, la máscara de lo original, lo que viene de Dios y lo que viene del mundo, lo que viene de la carne y lo que viene del cielo.

Este discernimiento lo debe hacer Juan no sólo con las obras que Cristo realiza sino por su experiencia. Un discernimiento que se hace desde lo moral, un discernimiento de búsqueda que lo debe realizar cada quien, cada persona.

El Señor con la respuesta que da a Juan se presenta como el mesías Misericordioso, por eso pienso que hay tres cartas de presentación del Señor ante su pueblo, tres proyectos que si el pueblo los escucha bien podrá discernir que él es el mesías y podrá discernir su tipo de mesianismo.

La primera carta está en el sermón de la montaña: Bienaventurados los que lloran, bienaventurados los que sufren, bienaventurados los que no tienen que comer, bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.

La otra carta de presentación la encontramos cuando Jesús dice: “El Espíritu de Dios está sobre mí, porque me ha ungido y envíado a anunciar la buena nueva de salvación, la libertad a los oprimidos”… La tercera carta de presentación es precisamente cuando Juan el Bautista manda a preguntar: “¿Eres tú el que vendrá o hemos de esperar a otro?”.
El reino de Dios es para todos sin exclusión, sino no sería el reino de Dios. Este reino, este proyecto es para todos, es para el que lo quiera acoger, siempre me viene a la mente cuando el Señor llama a Mateo un cobrador de impuestos que se había enriquecido ilícitamente, a costa de la opresión de su propio pueblo, estando vendido al imperio romano. El Señor lo llama no para ser únicamente su seguidor sino para ser uno de sus Apóstoles, Mateo escucha la voz del Señor, deja todo y lo sigue.

Así sucede con Zaqueo, el hombre bajo de estatura, a quien le dice: “Baja pronto porque hoy debo hospedarme en tu casa”. Ya sabemos el desenlace, Zaqueo da la mitad de sus bienes a los pobres, asegura regresar lo que ha robado y el Señor lo acoge con alegría. Otro ejemplo es cuando el Señor acepta la invitación a casa de Simón el fariseo, si, va con ellos, va a la casa, al encuentro porque el Señor no anda con miramientos. La diferencia de Simón el fariseo es que no deja impactarse por Cristo, más bien murmura que si Jesús fuera el mesías sabría quien era la mujer que le tocaba los pies, Simón el fariseo estaba encerrado en sus propios caprichos y egoísmos. El Señor es para todos.

Hay una opción preferencial no excluyente pero si preferencial de Cristo por aquellos de las Bienaventuranzas, por aquellos a quienes se les anuncia la buena noticia, por los pobres, por los ciegos, por los sordos. Si, los pobres deben ocupar un lugar en la sociedad, los pobres deben estar sentados a la mesa ocupando el primer lugar, el pobre debe ser la voz de este pueblo oprimido, el pobre debe ser protagonista de la historia, tiene que saber y sentir que él tiene entre sus manos la gran decisión del destino de los pueblos, particularmente en esta sociedad diría el papa Juan Pablo ll en vía de desarrollo, los pobres de estos pueblos que ya no son de tercer mundo, los pobres del pueblo, de a pie, de la calle, el pueblo que se gana el pan con el sudor de su frente, el pueblo que con sacrificio dolor y sufrimiento va viviendo, debe saber que no son otros los que deben tomar decisiones, debe saber que son ellos los que deciden, que no son los otros los que deben tomar las decisiones sino los pueblos pobres.

¿Quiénes son las inmensas mayorías? Son los pobres del Evangelio ¿Quiénes deben decidir su presente y su futuro? Son las inmensas mayorías, los pobres que se toman enserio el discernimiento, la búsqueda de la verdad.

Cristo termina enviando la respuesta al Bautista diciendo: “Dichoso aquel que no se sienta rechazado, escandalizado por mí”. Podemos traducir esto en dichoso aquel que no sienta un obstáculo en su vida este mesianismo salvador, libertador donde los pobres tienen el primer lugar. Ciertamente pueden haber quienes encuentren en este mesianismo, en este anuncio un escándalo, que no se dejen conmover por el Señor con la fuerza del amor misericordioso, que no se dejen conmover por este Dios que es para todos y que es para los pobres, para los sencillos y que tiene hambre y sed de justicia. Dichoso aquel que no se sienta escandalizado por el Señor.