San Sebastián fue un soldado romano del emeprador Diocleciano durante el siglo III después de Cristo. Siempre se negó a participar en ningún sacrificio pagano, por considerarlo indebido y por sus creencias cristianas. Gracias a sus méritos ascendió dentro del ejército y alcanzó el rango de jefe de la primera cohorte de la guardia pretoriana imperial.

Tras descrubirse que era cristiano fue obligado a elegir entre su profesión y su creencia. Sebastián se mantuvo firme en su fe y fue condenado a morir acribillado a flechazos atado en un poste en el estadio. Contra todo pronóstico, consiguió sobrevivir.
Tras reponerse de sus heridas en casa de una noble cristiana llamada Irene, se presentó ante el emperador y le recriminó su conducta hacia los cristianos. La segunda condena a muerte fue la definitiva. San Sebastián falleció azotado en el año 288. Su cuerpo fue arrojado en un lodazal, pero los cristianos lo rescataron y lo enterraron en la catacumba que lleva su nombre.