Emilio José Ortega Porras
Masatepe, Nicaragua


La casa de mi Abuela Paterna tenía siempre olor a óleo y a agua ras, porque mi Abuela era aficionada a la pintura y en sus ratos libres pintaba cuadros al óleo. Trabajó 38 años como maestra empírica de educación primaria y desde la infancia tuvo habilidades autodidactas para las artes plásticas. No se conformaba con la apariencia de las cosas que llegaban a sus manos y de una u otra forma las modificaba. Algunas veces, ella misma, las fotografías blanco y negro de su persona, las modificaba con lápiz de grafito, en cuanto a detalles del vestido, peinado u expresión de los ojos. Les agregaba algo para mejorar las fotos o les modificaba lo que no le gustaba. Cambiaba tanto las cosas que de una falda que le confeccionó la mejor costurera de Masatepe, ella hizo una funda para una almohada; de un cobertor de cama, ella misma se hizo un vestido y de un corte de tela auténtica de seda de gusano, traído de Europa, hizo en un dos por tres, una falda cosida a mano con aguja e hilo, que la usó a lo sumo dos o tres veces y luego hizo de la falda casi nueva un limpiador para sus muebles, por lo que la seda de gusano auténtica, rápidamente pasó a ser un simple trapo viejo. Mi Abuela intentó modificar de hecho hasta su propio nombre, firmaba los cuadros que pintaba usando una abreviatura del mismo. Ella se llamaba Soledad; le quito “edad” y lo dejó “Sol”, como tratando de transformar la penumbra de su nombre, en traviesas pinceladas de sol.

Como artista que era, ella conocía algunos aspectos importantes de arte religioso y me explicaba que no era lo mismo la representación plástica de la advocación mariana de “La Virgen de los Dolores” que la representación de la “Virgen de Soledad”. A la Virgen Dolorosa los pintores y escultores la representan como una mujer mayor de 40 años, vestida con ropa de colores cotidianos, usualmente azul y rojo y a la Virgen de Soledad como una mujer vestida de negro, como si fuese viuda o enlutada por la muerte del Esposo, del Padre o del Hijo. Con lo anterior podría ser que los pintores o escultores asumían que la Virgen María cuando supo que su Hijo Jesús iba con la cruz hacia el Calvario, salió de su casa a buscarle, desesperada, con lo que andaba puesto, sin percatarse del color de sus vestidos. Luego que Jesús murió, se asumirá, que María se “cambió de vestido y se vistió de negro”; actitudes muy usuales en las familias. La muerte no avisa, fallece una persona y ese acontecimiento pilla a los familiares con cualquier ropa. Luego que se arregla la casa para el velorio y se ponen en orden las cosas para las honras fúnebres, los familiares del difunto sacan de sus roperos y baúles las ropas más oscuras y tiesas que tengan y se visten con ellas, para lucir, aunque de luto, más o menos elegantes o presentables.



En los pueblos de Nicaragua, en los vía crucis de la mañana del viernes santo, la imagen de María es vestida de azul y rojo, y para el Santo Entierro del viernes santo por la tarde y el sábado santo, para la “procesión de pésame”, “vuelta dolorosa” o de “La Soledad”, la Imagen de María es vestida de color negro.

Mi Abuela decía que su onomástico era el sábado santo, porque era el día de la Virgen de Soledad. El nombre completo de mi Abuela era “pasional”, nació en Masatepe, Nicaragua, un día de cuaresma del año 1916 y se llamaba Soledad de Jesús. Ella supo que ese era el día de su onomástico, porque estudiando la primaria, interna en el Colegio de Monjas Bethlemitas de Masaya, un sábado santo en la mañana, una de las monjitas le llevó un regalo y la felicitó por llevar por nombre, aquello que muchas personas sufren o temen como es: Soledad.

Dicen que en una ciudad andaluza de España hace más de 150 años, a un escultor le dieron la tarea de esculpir una imagen de La Virgen de Soledad y no teniendo modelo para hacer el boceto de la imagen, a una hermana suya, el mismo escultor le dijo sorpresivamente: “han matado a tu único hijo”, lo cual era falso. Al escuchar tal afirmación, la mujer puso un rostro terrible de dolor y de desesperación, lo que el escultor fotografió con la “cámara digital de su mente” y tal imagen la utilizó para diseñar el rostro de la Virgen de Soledad que luego esculpió.

Una mañana de los años 80, tenía yo como 5 años de edad y llegué a la casa de mi Abuela. En una mesa estaba tendida la imagen de madera de un Cristo Yacente antiguo de nuestra parroquia de Masatepe. Es un Cristo de madera muy antiguo, no desnudo ni con cendal o toalla, sino vestido de mortaja. Mortaja es el vestido blanco mangas largas, como camisón de dormir, con que antes enterraban a los difuntos.



El Cristo permanecía en el sepulcro antiguo, en El Calvario de Masatepe, construido en los años 30, durante la administración del Presidente José María Moncada Tapia. La imagen estaba en esa ocasión en casa de mi Abuela porque como ella era pintora, le solicitaron restaurarlo y retocarlo. El retoque que conserva todavía ese Cristo Yacente, que ya no sale en procesión, es el que le dio mi Abuela. Los azules y morados de su rostro, la sangre de su cara, de su cabeza y de sus llagas, así como el color cadavérico de su piel, son las tonalidades que obtuvo mi Abuela, mezclando diferentes colores de óleo como rojo, amarillo de Nápoles, café o tierra de siena tostada, azul cobalto y otros colores más. Algunas personas pagan para que en la actualidad se retoquen las imágenes de los santos de las iglesias. Yo quisiera pagar para que esa imagen antigua del Cristo Yacente de mortaja de Masatepe, no se retocara nunca, pues el último retoque que todavía conserva, es el que devotamente pintó mi Abuela.

Un día de tantos visité El Calvario de mi pueblo Masatepe y me sorprendió no ver el sepulcro antiguo con el Cristo Yacente de mortaja que retocó mi Abuela y pregunté a varias personas y nadie me decía dónde estaba. Algunas semanas después visité la Casa Cural de Masatepe, para solicitar una intención de misa por el 18 aniversario del fallecimiento de mi Abuela Soledad. Caminé en los amplios corredores de la Casa Cural y en uno de sus cubículos miré que estaba el antiguo sepulcro con el Cristo Yacente de mortaja, retocado en los años 80 por mi Abuela.

En la habitación no estaba nadie, solamente el Cristo Yacente de madera y mi persona y se me vino a la mente la escena que miré a los 5 años de edad; al mismo Cristo acostado en una mesa, en la casa de mi Abuela, esperando que se secara el necesario retoque. También al ver que ni un alma llegaba a rezar ante el Cristo en aquella abandonada “capilla", recordé inmediatamente los nombres "pasionales" de mi Abuela: "Soledad de Jesús".