La historia de la humanidad ha pasado las últimas semanas por un proceso totalmente nuevo. Diferente, complejo y lleno de experiencias que van y vienen. El descubrirse el ser humano como un ser mortal nos pone en la perspectiva del más allá, de la experiencia última. Algo que desde el punto de vista religioso también impacta es la concordancia con la Cuaresma, tiempo de preparación a la Pascua cristiana, nos viene entonces “como anillo al dedo” todo este tiempo.

Pensar en la muerte, el bautismo, la esclavitud, el anhelo de libertad. El ser humano ha comido por mucho tiempo el fruto prohibido, pensar que puede ser dios sin Dios. Este tiempo el planeta mismo nos ha educado, nos enseña que el ser humano puede ser destructivo, pero tampoco podemos caer en el pesimismo y pensar que el hombre es innecesario. Lo que es innecesario es vivir como si todo comienza y termina hoy. Sin un mañana. Sin heredar vida y dejar a nuestro paso muerte.

Justificar las acciones del hombre desde el consumismo lleva a no pensar más allá de la vida, a querer darle al aquí y ahora un sentido que no tiene. El ser humano más que materia y espíritu es un ser “creado a imagen y semejanza de Dios” y su papel con la tierra es meramente administrativo, el texto del Génesis nos deja claro eso, tenemos la potestad de dar nombre a todo cuanto respira, pero no somos propietarios de nuestros semejantes, dirá el Papa Benedicto XVI que el hombre es “jardinero de la creación”, no hay mejor descripción de nuestro papel.

Hemos visto todo tipo de memes y noticias. Entre ellas aquellas que dicen que quisimos legalizar la muerte de los indefensos (No nacidos y adultos mayores) y ahora la muerte nos visita y nos hace indefensos a nosotros, si, a nosotros los poderosos. Lo que nos pasa no es un reto divino, tampoco podemos ser contrarios al amor de Dios y verlo como castigo divino, pero pensemos que nosotros mismos hemos sido causantes de nuestras propias desgracias. El virus va avanzando de país en país, avanza de mutación en mutación, y nosotros, los hombres somos cada vez más indefensos, pero Dios calla, Dios respeta la libertad que nos ha dado y respeta la sabiduría que radica en su Palabra y que debe sobreabundarnos en estos momentos. Respeta la vida, respeta tus desvaríos y mis desvaríos de grandeza, cuando nos demos cuenta que somos polvo y al polvo volveremos entendemos que no ameritamos matarnos entre nosotros. Necesitamos abrazarnos y dedicarnos tiempo. Vernos a los ojos y descubrir al otro y descubrirnos a nosotros mismos y descubrir en todo ello al Otro, al inminentemente Dios, hombre verdadero que pone fin al miedo, a la muerte, a la esclavitud de nuestra gula de poder, de nuestros delirios de grandeza, de la avaricia que engloba al mundo y le hace ser un lugar invivible para aquellos que apenas tienen para medio vivir y que han olvidado hasta las preguntas fundamentales de la existencia humana en su necesidad de sobrevivir a una pandemia mucho más asesina: la pandemia de nuestro egocentrismos que mata en África, en América, en Asia, en Europa a los que ya no sirven a la sociedad. Es momento de entrar en “el interior del hombre” y buscar la “Verdad” que habita en ese corazón y escuchar como Agustín de Hipona que Alguien nos dice “toma y lee” pero leer nuestra historia para construir a partir de que todo esto pase, una nueva iglesia, una nueva sociedad, un nuevo mundo para nosotros y para los demás.

Quedarnos en casa nos ha hecho volver a ser humanos y no máquinas expendedoras de dinero y trabajo. Hemos descubierto la capacidad de mirar y la necesidad de amar. Sentarnos en el silencio de la noche en nuestra cama y sentir que un silencio lo absorbe todo pero que a lo lejos el sol comienza a salir cada día para todos y que el mañana puede y debe ser mejor.

La pandemia del COVID-19 nos ha hecho volver a nuestra humanidad y espero que no la perdamos.

Óscar Úbeda Úbeda
Docente de Educación Religiosa