La palabra de Dios nos propone, en este domingo, una reflexión sobre los valores más importantes de la vida del hombre: la primera lectura nos habla de la sabiduría práctica para la vida, que consiste en el conocimiento de la voluntad de Dios, conforme a la cual se ha de ordenar la vida humana; Jesús propone como valor supremo el Reino de los cielos, al que compara con un tesoro y una perla preciosa; san Pablo nos habla del amor de Dios.

Salomón es considerado como el rey sabio por excelencia, cuya fama se extendió hasta el punto de ser visitado por la reina de Saba, que quedó maravillada, no sólo de las palabras sabias de Salomón, sino de la organización de su reino y de las obras que había realizado, especialmente el templo dedicado al Señor en Jerusalén, de incalculable riqueza y espléndida belleza.

Sucedió en el trono a su padre, el rey David, siendo muy joven e inexperto en las artes del gobierno. Lo que le agrada especialmente al Señor es que Salomón no le pida las cosas que normalmente anhelan los seres humanos, pensando principalmente en sí mismos: riquezas, larga vida para disfrutarlas y el triunfo sobre sus enemigos, sino la inteligencia, la destreza y el juicio requeridos para gobernar al pueblo de Dios, según la voluntad de Dios, expresada en la Ley del Señor.

La enseñanza principal de este episodio no es que podemos camelar al Señor pidiéndole lo que es de su agrado para que nos conceda lo que realmente nos interesa a nosotros, sino que la oración sincera y noble siempre es escuchada por Dios, que se pondrá de nuestra parte y nos favorecerá de la forma que Él considera más beneficiosa para nosotros, aunque no siempre coincida con nuestros deseos. Pues los designios de Dios superan nuestra capacidad de entendimiento.

En el evangelio, Jesús utiliza dos comparaciones fácilmente comprensibles para encarecernos el valor del Reino de los cielos, por encima de todos los demás bienes de este mundo. Cualquiera de nosotros podría valorar el hallazgo de un tesoro precioso; tal vez la apreciación del valor de una perla fina requiera un conocimiento más experto, aunque la idea nos resulta sencilla: realmente merece la pena apostar todos nuestros haberes, incluso la propia casa, para conseguir el tesoro o la perla.

Pero ¿qué es el Reino de los cielos, que Jesús pondera tanto? El Reino de los cielos –que Jesús anunció al mundo y por el que dio su vida- es Dios mismo, que se da al hombre para hacerlo partícipe de su propia naturaleza y vida divina; es la divinización del hombre, que lo introduce en la intimidad de Dios, para que el hombre pueda disfrutar de la vida inmortal y de la felicidad inefable de Dios. Dios nos invita personalmente a formar parte de su reino, pero no aisladamente, sino solidariamente con todos los hombres. Por eso, su reino es un ámbito de gracia, para que la salvación sea completa; de verdad y libertad, como presupuestos de la realización personal plena; pero también de justicia y amor, base de la armonía perfecta entre todos los hombres.

Pero, ¡cuidado! El Reino de los cielos no se impone por la fuerza, sino que se ofrece a personas libres. Por eso, su implantación no es automática, sino responsable. Eso significa que alguien puede quedar fuera del Reino de los cielos, apartado de la dicha de Dios, si, retenido por las satisfacciones inmediatas, pierde de vista el Bien Supremo.

Finalmente, el pasaje de la Carta a los Romanos que se ha leído encaja fácilmente en esta reflexión sobre los valores que verdaderamente importan al hombre. San Pablo nos habla del amor: a los que aman a Dios todo les sirve para el bien. Los que aman a Dios lo aman con un corazón lúcido, iluminado por la fe, que es don de Dios. Los que aman a Dios es porque han acogido el amor de Dios, que nos amó primero, y nos ha dado su Espíritu, para que le amemos como Él nos ama.

A los que Él ama los ha destinado a ser conformes con la imagen de su Hijo, nos ha hecho hijos en el Hijo amado del Padre, y nos ha destinado a la gloria que el Hijo comparte con el Padre.

De nuevo, no se trata de un destino inevitable, sino de una oferta que libremente ha de ser aceptada y correspondida por el hombre en libertad. Pidamos al Señor la gracia de la perseverancia.